“Un docente
de escuela media en Capital que recién empieza cobra $165,90 la hora cátedra y
otro con siete años de antigüedad $ 187,70 y así va aumentando
sucesivamente”. Los que escuchan esta
afirmación podrían pensar: “no está tan mal paga la hora”. Ahora bien, el
ocultamiento de la problemática que permite el consenso social sobre dicha
tarifa radica en la modalidad “hora cátedra”. ¿Qué es la hora cátedra? ¿Es una
hora reloj?
Absolutamente
no, para nada. Y aquí se encuentra la dificultad y la síntesis de un concepto
que da por sentada la desvalorización primordial en la tarea docente. Es tan
tácito y pasa tan desapercibido que oculta el tiempo real de la labor.
Una hora
cátedra en realidad equivale a cuatro o cinco horas de 45 minutos cada una por
mes, puesto que se denomina hora cátedra a una porción de tiempo mensual que se
repite una vez por semana. Por ejemplo, si un docente tuviera una hora cátedra
los días lunes, la cuenta daría $41,47 o $33,18 por hora de 45 minutos según la
cantidad de lunes que tenga el mes, cuatro o cinco. Con lo cual, habría que
dividir esos $165,90 por 4 o 5. O sea que, para estar al frente de un grupo de
30 o 40 alumnos y enseñarles a cada uno de ellos cotidianamente, en realidad,
un docente que recién se inicia está percibiendo alrededor de 33 y 41 pesos por
45 minutos y otro con la mayor antigüedad apenas llega a los 65 pesos la hora
de trabajo real.
A ello, hay
que sumarle las horas no pagas que trabaja en su casa planificando,
corrigiendo, instruyéndose, investigando y los cursos, capacitaciones y
posgrados que realiza para perfeccionar su tarea y su ser. Porque de eso se
trata, de ser. Un docente no es simplemente lo que hace sino lo que es. La
mejor forma de enseñar ejemplos de conducta tales como disciplina, amor al trabajo
duro, vocación, horas de estudio y ejercitación, respeto, responsabilidad y
dedicación es viviendo los valores, experimentándolos en carne propia.
Enseñar no
es una labor despersonalizada y mecánica. Los docentes están frente a seres
humanos en proceso de formación. Con serias necesidades afectivas,
problemáticas de toda índole, carencias no solo económicas y familiares sino,
por sobre todo, cognoscitivas. Un alumno con padres ausentes o carenciados no
tiene a quién recurrir para seguir haciendo sus tareas en casa. Ni qué hablar
de un alumno con padres alcohólicos, desocupados o indigentes.
Pero la solución no es facilitarles el proceso de
aprobación. El lema del nuevo tipo de evaluación de hoy es “que no repitan, que
se acabe la repeticencia” –y que, de alguna manera un “todo vale”-. Eso no es
hacerles un favor. Eso es condenar a las generaciones futuras a la ignorancia.
Hoy más que nunca debería exigirse más y volver a generar una cultura del
esfuerzo y el trabajo duro. Es innegable que los que están excluidos del
sistema no cuentan con las herramientas necesarias para progresar en la
escuela. Pero ya se les ha dado netbooks,
los docentes de hoy parecen más asistentes sociales que instructores, se ha
humanizado sobremanera la protección al alumno. Ya es hora de volver a la
revalorización docente, que su palabra valga en cada nota y en la disciplina
que imponga, en el buen sentido, inculcada por líderes democráticos. El amor no
es libertinaje. El amor es también rigor y esfuerzo. Una pareja no se fortalece
sin trabajo mutuo. Nada, en la vida, se consigue sin trabajo. Fuentes: grilla salarial sindicatos docentes