Mis alumnos me vuelven loca

Crónicas de una docente de media. Fabiana Godoy Di Pace

martes, 18 de septiembre de 2012

Saussure y un escupitajo


Cuando retomé la actividad, tras las vacaciones de invierno, costó salir de la inercia.
Aún así, le puse pilas y empecé con tema nuevo: Saussure y la semiología. A los alumnos les resultó un tema extraño, pues se trataba de la primera vez que le hablaban del signo lingüístico y la perspectiva estructuralista.
Sin embargo, empecé con mis clases buscando todo tipo de motivación. Empecé hablándoles de los griegos y su necesidad de pensar a las palabras como motivadas, su etnocentrismo con el lenguaje y su discriminación hacia los bárbaros.
Finalmente conseguí que entendieran que los signos están ahí porque sí (son arbitrarios) y convencionales. Logré dar todas las características, definir la semiología y contextualizarla, hablar de la lengua, el habla y todos los componentes de la teoría.
En el recreo, me fui a tomar un cafecito a la sala de profesores, contenta de haber logrado mi objetivo. Me sentía realizada, útil, una trabajadora digna.
Lamentablemente, al regresar al aula tras la pausa para comenzar a dar al mismo grupo la materia, encuentro un verde escupitajo en el pizarrón.
- ¿qué pasa chicos, dije algo que les molestara? ¿les caigo mal? ¿quién fue?
Llamé al preceptor y amenacé (sin bronca) con un apercibimiento grupal. Ante tal actitud, dos chicos confesaron ser los autores materiales de tal agravio.
Los obligué a limpiar el asqueroso moco y los senté adelante mientras les decía:
- Están en el colegio secundario, son grandes, ¿por qué hicieron esto? Yo estoy estudiando estos temas desde mis 18 años (tengo 40) y los enseño con mucho amor, si escupen mi pizarrón, me están escupiendo a mí, ¿qué tienen contra mí?
Ahí recordé uno de los secretos que me había revelado una vicerrectora tiempo atrás: “No te lo hacen contra vos”. Sabia enseñanza.
Pero, a la vez, ¡cuántas cosas nos tenemos que bancar!
Mientras les decía que eran unos “cochinos”, en tono de chiste y sin enojarme en absoluto tratándolos como niños y retándolos como niños, uno de los alumnos en cuestión que recibió por supuesto parte me dijo: “estábamos practicando puntería”.
Así estamos los docentes, queridos ciudadanos, vecinos y buenos padres. Así estamos.
Esto es lo que nos toca vivir hoy. ¿Qué se puede hacer?
Comprenderlos, darles contención, aceptarlos, soportar palabras y acciones desubicadas, falta de interés por los temas, apatía y una violencia que estamos imposibilitados de devolver.
Sigamos poniendo la otra mejilla. Algún capacitador me dirá que el no lograr la motivación es culpa mía, o sea, del docente. ¿Hasta cuando? Trabajando tantas horas diarias tenemos que seguir siendo los payasitos hasta las últimas horas del día. Y ese día estaba fresca y feliz. ¿Qué podemos hacer al respecto? Paciencia, tolerancia. Límites con amor… No por nada muchos docentes terminan con depresión y angustia en tareas pasivas. Es muy fuerte la violencia que recibimos y muy escasa nuestra capacidad de devolución (los docentes no podemos hacer nada más que hablarles). Sólo está permitido ubicarlos amorosamente, con el amor que en su casa quizá no tienen.
Tenemos que ser asistentes sociales, psicólogos, psicopedagogos y hasta  a veces padres sustitutos. La tarea docente no se limita a enseñar. Tenemos que ser buenos. Y no se nos permite ningún defecto, menos un defecto de carácter. ¿Cómo hacemos para nutrirnos espiritualmente en un mundo donde es tan hostil la recepción de nuestros contenidos?
Ardua tarea que tenemos: repensar cotidianamente nuestra práctica, analizarnos y perfeccionar nuestro ser, no solo intelectualmente sino emocionalmente. Muchos salen fortificados, otros quedan en el camino.
Mientras tanto, los alumnos toman lo que pueden y avanzan descaradamente sobre nosotros, un territorio que, por la desvalorización sufrida en las últimas décadas, tiene (ellos mismos saben y se aprovechan) muy bajas las defensas.









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