Cuando retomé
la actividad, tras las vacaciones de invierno, costó salir de la inercia.
Aún así, le
puse pilas y empecé con tema nuevo: Saussure y la semiología. A los alumnos les resultó un tema extraño, pues se trataba de la primera
vez que le hablaban del signo lingüístico y la perspectiva estructuralista.
Sin
embargo, empecé con mis clases buscando todo tipo de motivación. Empecé
hablándoles de los griegos y su necesidad de pensar a las palabras como
motivadas, su etnocentrismo con el lenguaje y su discriminación hacia los
bárbaros.
Finalmente
conseguí que entendieran que los signos están ahí porque sí (son arbitrarios) y
convencionales. Logré dar todas las características, definir la semiología y
contextualizarla, hablar de la lengua, el habla y todos los componentes de la
teoría.
En el
recreo, me fui a tomar un cafecito a la sala de profesores, contenta de haber
logrado mi objetivo. Me sentía realizada, útil, una trabajadora digna.
Lamentablemente,
al regresar al aula tras la pausa para comenzar a dar al mismo grupo la materia, encuentro un verde escupitajo en el pizarrón.
- ¿qué pasa
chicos, dije algo que les molestara? ¿les caigo mal? ¿quién fue?
Llamé al
preceptor y amenacé (sin bronca) con un apercibimiento grupal. Ante tal
actitud, dos chicos confesaron ser los autores materiales de tal agravio.
Los obligué
a limpiar el asqueroso moco y los senté adelante mientras les decía:
- Están en
el colegio secundario, son grandes, ¿por qué hicieron esto? Yo estoy estudiando
estos temas desde mis 18 años (tengo 40) y los enseño con mucho amor, si
escupen mi pizarrón, me están escupiendo a mí, ¿qué tienen contra mí?
Ahí recordé
uno de los secretos que me había revelado una vicerrectora tiempo atrás: “No te
lo hacen contra vos”. Sabia enseñanza.
Pero, a la
vez, ¡cuántas cosas nos tenemos que bancar!
Mientras
les decía que eran unos “cochinos”, en tono de chiste y sin enojarme en
absoluto tratándolos como niños y retándolos como niños, uno de los alumnos en
cuestión que recibió por supuesto parte me dijo: “estábamos practicando
puntería”.
Así estamos
los docentes, queridos ciudadanos, vecinos y buenos padres. Así estamos.
Esto es lo
que nos toca vivir hoy. ¿Qué se puede hacer?
Comprenderlos,
darles contención, aceptarlos, soportar palabras y acciones desubicadas, falta
de interés por los temas, apatía y una violencia que estamos imposibilitados de
devolver.
Sigamos
poniendo la otra mejilla. Algún capacitador me dirá que el no lograr la
motivación es culpa mía, o sea, del docente. ¿Hasta cuando? Trabajando tantas
horas diarias tenemos que seguir siendo los payasitos hasta las últimas horas
del día. Y ese día estaba fresca y feliz. ¿Qué podemos hacer al respecto?
Paciencia, tolerancia. Límites con amor… No por nada muchos docentes terminan
con depresión y angustia en tareas pasivas. Es muy fuerte la violencia que
recibimos y muy escasa nuestra capacidad de devolución (los docentes no podemos
hacer nada más que hablarles). Sólo está permitido ubicarlos amorosamente, con
el amor que en su casa quizá no tienen.
Tenemos que
ser asistentes sociales, psicólogos, psicopedagogos y hasta a veces padres sustitutos. La tarea docente
no se limita a enseñar. Tenemos que ser buenos. Y no se nos permite ningún
defecto, menos un defecto de carácter. ¿Cómo hacemos para nutrirnos
espiritualmente en un mundo donde es tan hostil la recepción de nuestros
contenidos?
Ardua tarea
que tenemos: repensar cotidianamente nuestra práctica, analizarnos y
perfeccionar nuestro ser, no solo intelectualmente sino emocionalmente. Muchos
salen fortificados, otros quedan en el camino.
Mientras
tanto, los alumnos toman lo que pueden y avanzan descaradamente sobre nosotros,
un territorio que, por la desvalorización sufrida en las últimas décadas, tiene
(ellos mismos saben y se aprovechan) muy bajas las defensas.
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